Carta a Dios
Señor:
Anoche el insomnio se adueñó de mis horas mientras mi pensamiento se perdía en vos. En medio del silencio, mi alma se encendió en un reclamo desvelado y te hablé con la confianza de quien le habla a su viejo confidente.
Te pregunté, mi Dios, por qué sometés mi espíritu a semejante prueba. ¿Por qué, cada vez que intento huir de tus brazos en busca de libertad, me encadenás de vuelta con el peso de la culpa? Te siento omnipresente; basta con que me aleje un milímetro para que tus señales salgan al encuentro en el camino, advirtiéndome que es hora de volver.
Me diste el frío discernimiento, las armas y las estrategias para ejecutar la venganza, pero al final mis manos tiemblan y no puedo. Me contengo porque, a pesar de mis rebeliones, sigo siendo tuya.
¿Hasta cuándo vas a hacer que sufra? Vos, que te proclamás el guardián de nuestra alegría y decís que querés la felicidad de todos, ¿por qué permitís que mi corazón se quiebre de esta manera?
Con devoción y dolor.
Tuya siempre Alicia.
Tuya siempre Alicia.





























