Había una vez un reno llamado Rodolfo. Tenía una nariz roja como la de un payaso y le encantaba meterla en todas partes. Olía aquí, olía allá y hacía muecas graciosas.
A Rodolfo le gustaba mucho criticar a los demás animales.
Un día, fue al estanque, vio al pato tropezar y le gritó entre risas:
—¡Miren al pato, da un paso y se hace una tontería!
Las hienas se reían a carcajadas cada vez que lo veían pasar. Daba un poco de lástima ver al reno creerse tan sabelotodo.
Pero un día muy frío de invierno, todo cambió. Se escuchó el fuerte sonido de un cuerno en el bosque. ¡Eran los guardias de la Reina!
Rodolfo vio cómo clavaban un gran cartel en un árbol. Uno de los guardias leyó en voz alta:
—¡Por orden de la Reina, queda prohibido criticar! ¡Quien hable mal de otros irá directo a la prisión real!
Al escuchar esto, Rodolfo se tapó la boca del susto.
Desde ese día, el reno aprendió la lección y se quedó muy calladito. Ahora, solo se lo escucha cantar feliz cuando está enamorado.
Moraleja: Es mucho más bonito usar nuestra voz para decir cosas amables y cantar con amor, en lugar de buscar los errores de los demás. ¡El respeto hace que la selva sea un lugar feliz para todos!
PD: está es la segunda versión del cuento para los que me criticaron que era muy cruel la primera versión, gracias por motivar mi inspiración.

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