No sé qué pasa con mi cuerpo este día,
por qué los ojos se me llenan de agua
con el roce mínimo de cualquier recuerdo.
Tal vez sea la culpa de este cielo,
un lienzo de nubes densas y grises
que el sol intenta regar con hilos débiles de luz,
como si quisiera convencer al mundo
de que todavía hay tibieza.
O tal vez sea este viento helado,
un soplo obstinado que se cuela por la ropa
y me susurra al oído la verdad del invierno,
diciendo que aún falta para la primavera
aunque el calendario terco jure lo contrario.
Pero hoy el misterio no está en el clima,
sino en la noche que acabo de dejar atrás.
Eres tú, papá, que te manifiestas en mis sueños.
A veces apareces solo para decir adiós,
como un destello que amenaza con la distancia,
pero nunca te vas del todo.
Siempre terminas rompiendo la niebla,
te acercas despacio a secar mis lágrimas
y transformas mi llanto en una sonrisa.
Me salvas el día con tus cuentos,
con esas historias tuyas de tiempos lejanos,
de mundos que reviven solo en tu voz.
Tus ojos grises se vuelven mi inspiración,
la luz exacta que rompe la tormenta,
el faro que me guía cuando el día se vuelve frío.
Por eso hoy el viento y las nubes pesan tanto,
porque desperté con el pecho lleno de ti,
sintiendo tu
abrazo tibio en esta nostalgia.

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