Tímida te sigo,
perpendicular al miedo,
con el corazón palpitante
latiendo en el vacío.
Tú me provocas la sombra,
me inventas el cuerpo,
caigo desmoronada
en tu arquitectura de instintos,
en tus encantos
que son líneas quebradas de sol.
Continúa el algoritmo de tu seducción,
me tiendes redes de humo
y de ceniza líquida
donde caigo una y mil veces,
mil veces,
dentro del incendio blanco de tus besos
y tu boca es un río
de caricias
que no cesa,
que desgarran
la geometría del deseo.
Me quitas el aire,
me fragmentas,
me muertificas…y luego
broto del polvo,
adormecida en la llanura de tu pecho,
desnuda, angelada y misteriosa
como una playa virgen.
Toda la materia me sabe a ti,
a átomo, a instante eterno,
en esta noche que es un puente de cuerpos.
¿Qué más puedo pedirle a la nada?
Ya fuiste mi coordenada,
ya fui tu órbita exacta,
tú el fuego y yo el agua,
un par de espejos mirándose en la sombra.
Anochece.
Ahora la gravedad ha dejado de importar.
Como en un vaivén de órbitas ciegas
me destruyes
y luego me resucitas,
mientras mis fantasías
nacen, mueren
y germinan en el eclipse de tus brazos,
donde el tiempo se detiene
y la noche por fin se vuelve transparente.

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