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viernes, 21 de agosto de 2026

La insurrección de mi carne

 







Me niego a ser la costilla dócil que aguarda en la sombra.

Hoy mi cuerpo se declara territorio libre, soberano,

una geografía de lavas ocultas y ríos que desbordan el mapa.

No contengas mi crecida: soy el agua que reclama su cauce.

Llevo un incendio antiguo guardado bajo los pliegues del vientre.

Fuego que no pide permiso, que quema la herencia del silencio

y funde las viejas cadenas con el calor de mi propia sangre.

Tú me buscas como quien busca un refugio conocido,

pero encuentras una fogata armada con la madera de mis mitos.

Humedad y ceniza se mezclan en esta liturgia de insensatos.

Soy el diluvio que apaga tu soberbia masculina,

y a la vez, la chispa que desata la tormenta en tus manos.

Nuestros cuerpos se encuentran en este campo de batalla elemental:

tú intentas poseer la tierra; yo te demuestro que soy el océano en llamas.

Esta humedad que nos une no es sumisión, es mi marea alta.

Es el sudor de la victoria de saberme dueña de mi deseo.

Si nos fundimos, que sea porque mi hoguera decide encender tu invierno,

y no porque tu fuerza reclame mi derecho a arder.

Mírame bien en la penumbra del cuarto que hoy es selva:

soy el agua que te abraza y el fuego que te purifica.

Una mujer que se habita a sí misma, completa y sublevada,

celebrando el bautismo de su propia

 y ardiente libertad.

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