Mi padre arreglaba las cosas con paciencia.
Miguel era un caballero rubio
que llevaba el orden como una bandera silenciosa,
pulcro en sus gestos,
exacto en su ternura.
Me gustaba sentarme a mirarlo.
Observar el vaivén de sus manos
mientras le sacaba brillo a sus zapatos,
como si en ese reflejo limpio
pudiera verse el mundo entero.
Tenía los ojos claros,
del color del tiempo,
ese color cambiante de los días que no vuelven
pero que se quedan grabados para siempre.
Él, que vestía la pulcritud del alma,
se sentaba a la mesa y se volvía niño.
Nos regalaba a Pedro Ordimán y su plato infinito,
el truco eterno del pan, el huevo y el arroz,
haciéndonos reír en un bucle de felicidad pura.
No había rotura que él no pudiera sanar,
reparaba el calzado, la madera y el aire,
dejándonos el calzado lustrado para el camino
y el corazón lleno de sus historias.

No hay comentarios:
Publicar un comentario