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viernes, 31 de julio de 2026

Selva de humo y cemento

 Me arrancaste la esperanza.

¿Dime qué hice mal?

¿En qué te he fallado?

¿Dime si ya estamos muertos, 

porque aún no te encuentro?

Somos dos zombis divagando en una selva de cemento,

caminando entre tumbas abiertas sin poder coincidir.

La lluvia moja las ganas de aferrarme a la vida.

El frío congela las pocas neuronas que me quedan vivas.

No le temo a la muerte;

le temo a este dolor que crece.

Extraño verte,escuchar tus palabras.

Solo sueño con tu voz

y me abrazo a tu silueta de humo.

Soy una muñeca rota

con un hueco por corazón,

descerebrada,

inconsciente.

Vago en el averno,loca, loca...

Casi sin vida, solo por vos.

¿Qué me gusta hacer?

 A mí me gusta leer, escribir, soñar, inventar juegos y hacer cosquillas. Me encanta inventar historias y cuentos, y ver sus caritas sonrientes, sus gestos, sus ideas y sus descubrimientos; ver lo que a veces es tan evidente y no vemos. Me gusta ser una niña más: cuidarlos, mimarlos, decirles "te amo", abrazarlos y besarlos. Ya saben, me gusta ser mamá, abuela, tía y niñera, pero mucho, mucho más me gusta ser una más de ellos. Jugar en el piso, saltar en la cama, hacer castillos con arena y ramitas, coleccionar piedritas y plumas, y hacer collares, pulseras, cinturones y atrapasueños.

También me gusta bordar, cocinar, hacer galletitas y pasteles, tejer, pintar en las paredes, llenar cuadernos de dibujos, jugar a la pelota y a las escondidas, aprender otros idiomas y dormir abrazaditos.
Estudié para maestra, estudié peluquería y estudié química, pero no vivo de eso, sino de abrir la puerta y salir a jugar. Así que sí, soy feliz, muy feliz, aunque a veces me ponen triste algunas cosas que viví y algunas personas que perdí en el camino. Siempre me gustó escribir, pero bueno... yo y mis "peros".
Cuando empecé a escribir conscientemente fue cuando murió mi mamá. Ah, pero esa es otra historia, hermosa pero muy dolorosa. Como ven, escribo con las ideas atropellando las palabras. Alguien me dijo una vez que escribo como un vómito; igual, sigo vomitando.

Ecos de hielo y silencio

Los muertos volvieron a sus tumbas.

Los fantasmas se durmieron en sus sueños.

Los enamorados se olvidaron de sus amores.

Los poetas siguieron escribiéndole a su musa inexistente.

Los cafeteros ya no toman café, ahora toman silencios.

La música sigue corriendo como agua fresca, tratando de apagar el fuego de la princesa.

La luna se esconde entre nubes oscuras de hielos y tormentas, mientras la tierra le roba la luz de su sol.

Todo pasa... y el sonido del eco es el hueco en tu interior.

La invisible voz del pueblo

Un rey envió a su hijo a un templo remoto. Allí habitaba un viejo maestro, el único capaz de enseñarle el arte invisible de gobernar. 

Al recibirlo, el sabio no dictó leyes ni pronunció discursos; se limitó a señalar la espesura y le ordenó: «Ve al bosque. Regresa en un año y descríbeme su sonido».

Doce meses después, el joven príncipe volvió con la mirada encendida:—Maestro, escuché el crujido de las hojas secas, el aleteo eléctrico de los colibríes y el canto oculto de los cuclillos. Sentí el roce de la hierba, el rumor de las abejas y el viento que a veces susurra y otras grita.

El anciano lo miró en silencio, negó con la cabeza y le dijo: «Vuelve al bosque. Te falta escuchar lo más importante».

El príncipe regresó desconcertado. ¿Qué más podía haber? Durante semanas, el bosque fue solo un eco de lo que ya conocía. Desesperado, el joven dejó de buscar y simplemente se sentó a esperar. 

Fue entonces, en el umbral de una madrugada, cuando el silencio empezó a romperse. No era un ruido, sino una vibración que crecía a medida que él se apagaba por dentro. Una certeza lo inundó: por fin entendía el idioma del maestro.

Al cumplirse el segundo año, el príncipe regresó al templo. Antes de que el maestro preguntara, el joven habló:—Maestro, escuché lo inaccesible. Oí el crujido de los pétalos al abrirse, el roce del sol templando la corteza de los árboles y el suspiro de la tierra cuando bebe el rocío de la mañana.

El maestro sonrió por primera vez:—Aprender a escuchar lo que no se oye es el primer decreto de un buen gobernante. Solo quien afina el oído para percibir los corazones mudos, las heridas que no se muestran y las quejas que mueren en la garganta, es capaz de sanar a su pueblo. 

La ruina de un reino comienza cuando sus líderes solo escuchan el ruido superficial de las palabras y olvidan habitar el alma de su gente.

Duro aprendizaje

 

El niño caminaba tranquilo mientras arrastraba la pesada bolsa de las compras con sus frágiles manitos. Cuando llegó a la reja de una casa, pensó que sería divertido golpearla con la bolsa. El problema es que había un perro del otro lado que, al escuchar el estrépito, comenzó a ladrar furibundo, tratando de destrozar la bolsa. El niño comenzó a reír y siguió haciendo ruido; esa fue la primera vez.No conforme, a partir de ese momento, cada vez que su madre lo mandaba a hacer los mandados, el niño, de unos escasos ocho años, tomó como insistente costumbre molestar al animal.

Un día torrencial, cuando el pequeño llegó de la escuela, su madre, como siempre, lo mandó a comprar pan para merendar. El niño salió corriendo contento, pensando en hacer sus diabluras de siempre. Cuando llegó a la casa de rejas altas, mientras caminaba muy tranquilo, comenzó su cruel ritual habitual de golpear la reja con la bolsa, incitando al perro a gruñir y luego a ladrar descontrolado. Como estaba muy entretenido, no se percató de que el portón de la reja estaba semiabierto. Cuando pasó junto a él, el perro salió y saltó sobre su cara y su cuello. Le arrancó una oreja a brutales mordiscos, bañando la acera con la cálida sangre del provocador diablillo que, con gritos desgarradores, trataba de escapar de las dentelladas, hasta que unos transeúntes lograron dominar al animal y llevar al niño a un hospital.

El animal fue sacrificado, una inocente víctima, una más de tantas en este mundo que paga con sangre los errores ajenos. La tragedia dejó una marca imborrable en el pavimento y en el alma atormentada de los protagonistas. 

Hoy, el niño, ya hecho un hombre, tartamudea al hablar, arrastra profundas cicatrices en el cuerpo y habita en el silencio de un oído sordo; un recordatorio perpetuo de la ferocidad de aquel día. Al menos la dolorosa lección funcionó: ahora les enseña a sus hijos a respetar a los animales y a la vida.