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viernes, 31 de julio de 2026

La invisible voz del pueblo

Un rey envió a su hijo a un templo remoto. Allí habitaba un viejo maestro, el único capaz de enseñarle el arte invisible de gobernar. 

Al recibirlo, el sabio no dictó leyes ni pronunció discursos; se limitó a señalar la espesura y le ordenó: «Ve al bosque. Regresa en un año y descríbeme su sonido».

Doce meses después, el joven príncipe volvió con la mirada encendida:—Maestro, escuché el crujido de las hojas secas, el aleteo eléctrico de los colibríes y el canto oculto de los cuclillos. Sentí el roce de la hierba, el rumor de las abejas y el viento que a veces susurra y otras grita.

El anciano lo miró en silencio, negó con la cabeza y le dijo: «Vuelve al bosque. Te falta escuchar lo más importante».

El príncipe regresó desconcertado. ¿Qué más podía haber? Durante semanas, el bosque fue solo un eco de lo que ya conocía. Desesperado, el joven dejó de buscar y simplemente se sentó a esperar. 

Fue entonces, en el umbral de una madrugada, cuando el silencio empezó a romperse. No era un ruido, sino una vibración que crecía a medida que él se apagaba por dentro. Una certeza lo inundó: por fin entendía el idioma del maestro.

Al cumplirse el segundo año, el príncipe regresó al templo. Antes de que el maestro preguntara, el joven habló:—Maestro, escuché lo inaccesible. Oí el crujido de los pétalos al abrirse, el roce del sol templando la corteza de los árboles y el suspiro de la tierra cuando bebe el rocío de la mañana.

El maestro sonrió por primera vez:—Aprender a escuchar lo que no se oye es el primer decreto de un buen gobernante. Solo quien afina el oído para percibir los corazones mudos, las heridas que no se muestran y las quejas que mueren en la garganta, es capaz de sanar a su pueblo. 

La ruina de un reino comienza cuando sus líderes solo escuchan el ruido superficial de las palabras y olvidan habitar el alma de su gente.

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