Savia encendida
Respiro cerca de tu oído
y el aire se vuelve palabra que no se puede decir.
Susurro tu nombre en clave,
código de dos que nadie más entiende,
complicidad que arde en lo escondido.
Te amo con las manos primero,
con la boca después,
con el resto del cuerpo pidiendo más.
Pasión sin permiso,
de esas que se nombran a mordidas
y se confiesan en gemidos bajos.
Me aferro a ti como enredadera,
buscando tu piel para crecer,
para no soltarme ni en el sueño.
Bajo por tus muslos como almíbar lento,
pegajoso, dulce, inevitable,
dejando rastro donde paso.
Mi savia se enciende en tus rincones,
en los pliegues donde nadie mira,
donde solo nosotros sabemos que hay vida.
Y de ahí nace el fuego.
Fuego que no quema para destruir,
fuego que abre paso a la luz
rompiendo la noche por dentro.
Que el nuevo día me encuentre así,
enredada en ti,
susurrando lo que no se dice en voz alta,
respirando lo eterno.

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